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Las autoridades de la competencia vigilan estas acciones, que tienen consecuencias graves para las empresas: desde multas millonarias, consecuencias penales para directivos y empleados, la nulidad de acuerdos comerciales, la pérdida de confianza de clientes e inversores, además de dañar la reputación corporativa. Para evitar estas situaciones, la Cámara de Comercio Internacional (ICC) cuenta con un manual práctico de cumplimiento de medidas antitrust (Antitrust Compliance Toolkit).
El compliance antitrust debe reflejarse en la forma en que la empresa toma decisiones, gestiona riesgos y se relaciona con clientes, proveedores y competidores. Para ello, el primer paso es reconocer explícitamente el antitrust como un riesgo empresarial relevante. Muchas infracciones se producen por desconocimiento, presión comercial o falta de controles adecuados; identificar dónde se concentran los riesgos e integrarlos en el sistema general de gestión es esencial para prevenir problemas.
Las prácticas anticompetitivas incluyen desde la prohibición de cárteles, a la fijación de precios entre competidores, el reparto de mercados, la manipulación de licitaciones o el intercambio de información comercial sensible. Los riesgos serán diferentes según la naturaleza o la actividad de la empresa. Por ejemplo, las compañías que participan en licitaciones públicas deben prestar especial atención al riesgo de bid rigging o manipulación de ofertas, mientras que aquellas con una posición fuerte en el mercado deben analizar con cuidado el riesgo de abuso de posición dominante.
En los últimos años, además, se han incorporado otros riesgos como:
“El cumplimiento de las normas de competencia no es solo una obligación legal, sino una palanca clave para generar confianza, proteger la reputación corporativa y asegurar un crecimiento sostenible” afirma Teresa Fernández, Directora de Banca de Empresas de Ibercaja.
Contar con un programa de compliance antitrust ya no es una opción, sino una necesidad empresarial. El cumplimiento de las normas antimonopolio debe estar integrado en la cultura corporativa. Para ello, el ICC propone una serie de medidas:
Para transformar la política antimonopolio en una práctica diaria que marque las decisiones y acciones de la empresa, la ICC sugiere implementar controles específicos y dinámicos:
Cumplir con las reglas del mercado de forma ética contribuye a reforzar la posición de las empresas en un entorno cada vez más competitivo y global, al mismo tiempo que consolida la relación de confianza con los proveedores y mejora la imagen corporativa entre los clientes. Como en el deporte, el fair play, el competir respetando las reglas del juego, beneficia tanto a las empresas como a los consumidores.
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